ETERNAMENTE ETÉREA

Su letra era suntuosa y atrevida. Aunque siempre poseía las palabras adecuadas, ocupaba mínimo dos folios en blanco. En cambio yo, que para definir algo construyo frases párrafo, siempre he sudado la gota gorda para llenar una página de agenda. Es curioso cómo el carácter de las personas florece por dónde menos lo esperas. Si es que todavía la recuerdo... No puedo afirmar que sea desde entonces, pero ahora o escribo a ordenador o no soy capaz de redactar un texto. Muy de tanto en tanto, y solo cuando la practicidad supera mi congoja, escribo notas en los pos-ti del corcho.

Parece que sigo viendo sus papelitos en el espejo, aquellas nubes flotantes dentro de la tediosa rutina. Mi letra, sin embargo, que es estridente, agresiva y, por qué no decirlo, sucia, atraía a los insultos y reproches más selectos des del mismo momento en el que sonaba el despertador. Puestos a sincerarnos, he de confesar que sus palabras siempre me produjeron una sensación entre envidia y admiración que nunca he conseguido definir, des del primer día que la conocí, aún sin haber leído jamás un texto suyo.

Recuerdo que me senté en la silla de delante, a la espera formal de que llegara un amigo y con el objetivo oculto de que ella levantara los ojos y me viera, pero no conseguí más respuesta que su muñeca dando vida a un papel reciclado, insistentemente. Como si la tuviera en frente ahora mismo... Lo que escribió, aunque sería capaz de deletrearlo, dejaré que siga rasgándome el corazón día y noche, solo a mí. Como aquellos físicos de principios del siglo XIX, que quisieron explicar la transmisión de la electricidad a través del espacio inventándose un fluido hipotéticamente invisible, elástico y sin peso. Así soy, ahora ante su ausencia, eternamente etérea.