Suponed, por ejemplo, que en la capital de un país sometido a una constitución libre, un grupo de audaces hipócritas consiga formar una asociación de cómplices y de víctimas, que, en otras quinientas ciudades, pequeñas sociedades reciban de la primera sus opiniones, su voluntad y sus movimientos, y que ejerzan la acción que les transmiten sobre un pueblo al que la falta de instrucción entrega sin defensa a los fantasmas del temor, a las trampas de la calumnia. ¿No es evidente que una asociación así reunirá rápidamente bajo sus banderas la mediocridad ambiciosa y los talentos deshonrados, que tendrá por satélites dóciles esa muchedumbre de hombres sin otra industria que sus vicios, condenados por el desprecio público tanto al oprobio como a la miseria, que bien pronto, en fin, adueñándose de todos los poderes, gobernando al pueblo por la seducción y a los hombres públicos por el terror, ejercerá, bajo la máscara de la libertad, la más vergonzosa y feroz de todas las tiranías? (Condorcet, 1792)
Ella cree que los cuentos son verdad, en la imaginación, lo cual no le resta realismo pues ¿acaso la ficción no nace de lo tangible, incluso de lo no palpable pero real en la mente? Es cierto que las palabras pueden embelesar hasta la más justificada de las verdades y es que si el lenguaje estructura el conocimiento ¿son las verdades un arma de doble filo? Piensa que lo único que se pude hacer es conducirse a evitar el error. Y ser conscientes de ello. Y no dejarse engañar, dice. Mirona piensa que eso es lo peor: creer que alguien es poseedor de la razón absoluta. Utópico pensamiento. Todavía más terrible es que el sujeto piense que es él el gran poseedor, como lo hacen los Dioses, y sobre lo primero, los creyentes. Y rectifica y dice que si verse en posesión de la verdad absoluta es triste, dejarse manipular por tal afirmación es penoso. Mirona, sin embargo, sabe que esto no es cierto más que en su discurso de opinión personal; cada cual juzgue en base al sentido común, propio pero no por ello no meditado e injustificado.

