Cuanto más me cuesta respirar, más alzo la vista buscando en el cielo la libertad que entre este laberinto de toxinas y animales racionales no encuentro. Sé que si dibujáramos en él todos los trayectos aéreos realizados en un mismo día, apenas se distinguiría entre líneas un píxel azul celeste. Sin embargo, dudo que sean las aerolíneas las que me impidan respirar conscientemente. Siento que hay una barrera mucho más densa que ensucia el cielo. A veces, incluso, dejo de sentirla y la veo. De verdad, me gustaría creer en Dios e imaginar el cielo lleno de colores pastel, nubes esponjosas y sueños realizados. Me encantaría no sentir que es una utopía extraña y contradictoria. Pero no es así y sufro al pensar que el cielo, encima de no ser más que una pesada barrera, está contaminado de basura ideológica. Y lo más triste es que, el día en el que desprenda mi último suspiro, no será extraño encontrarme tumbada bocarriba, con una cruz encima de la tierra que me separará del cielo y con la libertad escondida dentro de mi corazón.